VIVIR EN DICTADURA
La memoria cotidiana: fragmentos de una adolescencia en dictadura
”La gente iba a trabajar, viajaba en colectivo, en taxi, en tren, cruzaba calles, caminaba por las veredas.
El sol salía y había luz y hasta algunos días de otoño eran cálidos. ¿Dónde estaba el horror? Había señales: los policías usaban casco, en los aeropuertos había muchos soldados, sonaban sirenas. Los militares les hacían sentir a los ciudadanos que estaban constantemente en operaciones en medio de una ‘guerra’. Pero, a la luz del día, nada parecía tan espantoso como sabíamos que era. Quiero remarcar esta sutil y terrible vivencia del horror: lo cotidiano como normalidad que oculta la latencia de la Muerte” Feinman, José Pablo; La sangre derramada. Buenos Aires, Paidós, 1998.

Hablar de la dictadura en Argentina, en este caso como estudiantes del Normal 4, también es caminar sobre una frontera entre lo dicho y lo silenciado.
Muchas familias nos aconsejaban llevar siempre el documento, no hablar de política, no escuchar ciertas canciones ni caminar en grupo. A los 14 o 15 años, muchas de nosotras, no entendíamos bien qué era lo que había que callar, pero el silencio era algo palpable, también en la escuela.
Nos revisaban antes de entrar al aula: el guardapolvo blanco debía estar impecable, las medias azules no podían tener ningún logo visible y, si lo tenían, lo tapaban con fibra. Tampoco podía verse el cuello de la ropa debajo del delantal; nos obligaban a usar una pechera blanca que nos daba vergüenza.
Si la pollera era más larga que el guardapolvo, nos sancionaban con 3 amonestaciones. Tampoco se podía ir con las uñas pintadas ni con el pelo suelto, era obligatorio no sólo, llevarlo recogido, sino que nos obligaban a ponernos una vincha blanca o azul para que no tuviéramos pelo en la cara.
En las aulas, la rutina seguía con normalidad aparente: lecciones, exámenes y trabajos que reforzaban el orden, pero no el pensamiento crítico. Durante la dictadura, los docentes no podían participar en la elaboración de los programas escolares, sólo debían dedicarse a “estar frente al aula" una expresión que habría de erradicar de nuestro vocabulario.
No obstante, esta normalidad era relativa. Mientras algunas de nosotras conseguíamos vivir esos días con cierta continuidad, otras cargaban con realidades mucho más duras: compañeras que sufrían directamente las persecuciones, que debían guardar silencio sobre familiares desaparecidos o que vivían el miedo más allá de las paredes del colegio.
Sin embargo, para muchas de nosotras, la escuela era también un refugio. Allí nacían amistades y primeros amores, se compartían secretos en los recreos y, aunque teñidas de cautela, encontrábamos pequeñas libertades.
Este juego constante entre el control y la libertad marcó nuestra adolescencia. Todas recordamos a la alumna “auxiliar” (que llevaba un brazalete azul con una letra A blanca) que era una figura que ejercía ese control de una manera “aparentemente amigable”. Su trabajo consistía en proveer de información a las autoridades, sobre lo que decíamos, hacíamos, etc.
Aunque las aulas parecían ajenas a los crímenes y desapariciones, no había un escape real: cada mirada, cada advertencia y cada libro prohibido cargaba con una política del miedo, aunque no se hablara de ello. Hoy sabemos, por ejemplo, que en otras escuelas públicas los directivos señalaban a estudiantes que militaban fuera o dentro de las instituciones, que luego desaparecían.
Quizás en ese momento no entendíamos completamente lo que pasaba, pero lo sentíamos en el cuerpo. El silencio nos marcó de maneras que recién con los años empezamos a entender.
Hoy, al reconstruir estas vivencias, comprendemos que la escuela fue un lugar de tensiones, con reglas asfixiantes, pero también con espacios marginales donde se gestaban gestos de resistencia y conciencia. A través de estas historias, descubrimos una cotidianidad que siguió adelante, a pesar del miedo.
Ilustración - Ignacio Bechara